Heraldos del Evangelio México

El Ángel de la Guarda, un príncipe celestial al servicio de cada uno de los hijos de Dios

Todo bautizado es heredero de un trono principesco en la eternidad, dejado vacío por uno de los ángeles decaídos. Tal como hacen los reyes con sus herederos, nombrando un preceptor o ayo para educarlos y prepararlos para el trono, también Dios, en su infinita misericordia, pone un ángel junto a cada ser humano – un príncipe de la corte celestial – para protegerlo y guiarlo en el camino de la salvación.

De acuerdo con las enseñanzas de la Iglesia, los ángeles se dividen en nueve categorías
superpuestas: Serafines, Querubines, Tronos, Dominaciones, Virtudes, Potestades, Principados,
Arcángeles y Ángeles.
Aunque todos esos espíritus celestiales contemplan a Dios directamente, no lo hacen con
igual amplitud de conocimiento. O sea, los que se encuentran en un nivel superior tienen una
visión más plena e inmediata de Él, discerniendo una serie de perfecciones divinas que los
menores no alcanzan a distinguir. Sin embargo, esta diferencia de intelección es compensada por
la infinita bondad del Creador, el cual dispuso que los primeros revelen a los segundos todo lo
que consiguen aprender sobre Él. Y así, esas nociones con respecto a Dios van siendo
transmitidas de un ángel a otro, y de una jerarquía angélica a otra, desde la más elevada, donde
se encuentran los Serafines, hasta la menos excelsa, que es la de los ángeles.
Se admite que a esos espíritus puros Dios les confió el gobierno de los astros, de tal
forma que cada estrella y cada planeta del Universo posee un ángel que lo rige, según los sabios
deseos del Altísimo. De ahí la perfección del orden sideral.
Ahora bien, así como cada estrella del firmamento tiene un ángel designado para
dirigirla, así también cada hombre cuenta con la tutela y la protección de una criatura angélica:
su Ángel de la Guarda. ¡Tan esplendoroso, tan magnífico, que, a veces, cuando él aparece a su
protegido, este piensa que está delante del propio Dios! Al mismo tiempo – creo yo – tan
parecido espiritualmente con su pupilo que, si cada uno de nosotros conociese a su Ángel de la
Guarda, quedaría pasmado al constatar cuánto él es conforme a sus buenos sentimientos y a sus
voliciones ordenadas, y se sentiría como un pariente próximo de ese grandioso Príncipe
Celestial…

Nuestros Ángeles de la Guarda no nos pierden de vista un solo instante, ni de día, ni de
noche, pues aún cuando dormimos velan por nosotros. A todo momento ellos hablan a nuestras
almas, susurran con cariño y bondad consejos que nos llevan por las sendas del bien; y cuando se
ven obligados a hablarnos con vigor, lo hacen a la manera de un buen padre que a veces reprende
a su hijo, justamente porque lo ama.
Nuestros guardianes celestiales se encuentran, por lo tanto, continuamente debruzados
sobre nosotros.
Cuando nos sintamos solos, cuando estemos, por ejemplo, transitando por las calles de las ciudades contemporáneas, tan cercadas de inmoralidades, tan sucias, tan impregnadas de
polución y de inmundicias de toda especie, roguemos la protección de nuestros Ángeles de la
Guarda. Antes de salir de casa, digamos: “Mi Santo Ángel, acompañadme, venid conmigo,
protegedme, habladme al alma y ayudadme a evitar las malas miradas, a las personas que quieran
causarme daño, los accidentes que me puedan masacrar; ¡traedme, en fin, todo bien!”
Y cuando estemos en cualquier apuro, acordémonos de esa verdad reconfortante: un
Ángel de la Guarda nunca abandona a su protegido. Por lo tanto, mientras caminamos y oímos
resonar nuestros pasos sobre el cemento de la acera, pensemos: “Mi Ángel de la Guarda me está
viendo”. Si sufriéremos una tentación, digamos incontinenti: “¡Mi Santo Ángel, protegedme,
apartad de mí ese demonio que me tienta!”
Es interesante notar que, mientras vigilan así a los hombres sobre la Tierra, los Ángeles
de la Guarda continúan contemplando a Dios cara a cara. Y ahí, en la presencia del Altísimo,
permutan impresiones con respecto a lo que sucede en el mundo, a la lucha entre buenos y
malos, al desarrollo del plan de Dios para la humanidad, etc. Aunque no tengan una noticia
exacta de los designios divinos sobre la creación terrena, los ángeles, sin embargo, como están
dotados de una inteligencia superior, levantan entre sí hipótesis y conjeturas acerca de tales
designios. Y esa interlocución angélica sube al Trono del Creador como un extraordinario e
indescriptible cántico de alabanza y de glorificación.
Sepamos, entonces, que cada uno de nosotros se beneficia de la tutela de uno de esos
seres maravillosos. Sepamos, también, agradecer a nuestro Ángel de la Guarda la protección
incansable que nos dispensa, y decir, todos los días, esta bella jaculatoria formulada por la
Iglesia: “Ángel de Dios, que eres mi custodio, ya que la soberana piedad me ha encomendado a
ti, ilumíname, guárdame, rígeme y gobiérname. Amén”.

(Revista Dr. Plinio, No. 5, agosto de 1998, pp. 21-22, Editora Retornarei Ltda., São Paulo).

El Ángel de la Guarda, un príncipe celestial al servicio de cada uno de los hijos de Dios

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Un comentario en «El Ángel de la Guarda, un príncipe celestial al servicio de cada uno de los hijos de Dios»

  1. Estoy maravillado con lo que he aprendido de Dios, de la Virgen Maria y de La Igesia Catolica.
    Solo puefo decir, gracias, gracias muchas gracias

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