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El Juicio Final y la trama de la Historia

Cómo será el Juicio Final? Reflexionando a ese respecto, el Dr. Plinio señala la relación existente entre el conjunto de todos los hombres, la influencia angélica en la Historia y – en el centro de todo – la vida terrena de Nuestro Señor Jesucristo.

Con el fin de entender a Nuestro Señor Jesucristo en cuanto Rey, Profeta y Pontífice, conviene hacer una especie de unión entre la Historia y el Juicio Final. 

Procuremos focalizar la escena del Juicio Universal, no de una forma puramente pictórica, figurada, sino dándole tanta realidad cuanto sea posible, saliéndonos de la mera imaginación artística.

La Historia de la salvación

En líneas generales, no debemos imaginar el Juicio como si en él fuesen juzgados apenas los individuos, pues los actos que practicamos están dentro de la trama de la Historia. Cualquier acción individual, por pequeña que sea, toca de algún modo en la Historia, repercutiendo en la salvación o en la perdición de muchos hombres.

Así, cada acción tiene, además de su aspecto individual, un alcance mayor, de orden colectivo. Es decir, debe ser considerada como un elemento de una gran batalla.

Nuestra propia lucha individual no es apenas una determinación de nuestro destino, sino también un elemento de la batalla entre Nuestro Señor Jesucristo y Satanás, para la conquista de las almas. Y en el plano de Dios esta conquista no es solamente individual, sino que se trata de llenar – con las almas conquistadas – los tronos dejados vacíos por los ángeles rebeldes. Tengo la impresión de que el juicio debe darse en el contexto de esa batalla.

Es decir, el juicio individual constituye un elemento dentro de esa escena, pero no puedo imaginar que sea sólo eso.

Dios, centro de la Historia

Otro punto esencial a considerar: la Ley de Dios que debemos observar tiene fundamento en la realidad metafísica, y posee una belleza de carácter estético.

En el día del Juicio Final, el pecado que una persona cometió, por ejemplo insultando gratuitamente a otra en la calle, no será visto apenas en cuanto consistiendo una injusticia practicada por la primera contra la segunda; el carácter preponderante es la Ley transgredida por ella, Dios en cuanto insultado, y el orden profundo de los hechos traumatizado por la actitud tomada.

Todo será considerado en función del Absoluto, por lo tanto de Dios, de Nuestro Señor Jesucristo, Pontífice, Rey y Profeta. Podríamos analizar cómo el pecado alcanza a cada uno de esos atributos e [influye en] el conjunto de la batalla.

De esta forma, el menor pecado, así como el menor acto de virtud practicados en esta Tierra, son vistos en ese contexto.

Entonces necesitamos imaginar el Juicio Final, debido a nuestras limitaciones humanas, a la manera de una película simultánea de todas las acciones, desde el comienzo hasta el fin del mundo, practicadas y vistas en esa perspectiva.

Nada hace tanto bien al sentido moral que tener eso delante de los ojos. Es comprensible que ese cuadro complejo no pueda ser presentado en una clase de catecismo. Sin embargo, se debería encaminar a los alumnos para que lo puedan entender, dejando unos temas pendientes para explicarlos posteriormente.

Creo que, para dar esa morfología a los acontecimientos, se debe tener como centro la vida terrena de Nuestro Señor Jesucristo y, después, la Historia de la Iglesia.

Creciendo en gracia y santidad

Me acuerdo de una teoría – sería necesario ver qué fundamento tiene en la Teología, pero me parece que tiene alguno y, no pequeño – de que todos los hechos de esa lucha son, de algún modo, desdoblamientos de la batalla que Nuestro Señor tuvo en su vida terrena.

Voy a hacer una hipótesis para que sea discutida, ventilada y, desde ahora estoy listo y con entusiasmo a ser rectificado en nombre de la Iglesia.

Por la afirmación de que Nuestro Señor iba creciendo en gracia y santidad delante de Dios y de los hombres, se entiende que Él tenía inteligencia, voluntad y sensibilidad en su Humanidad Santísima. Condicionado a las diferentes edades por las cuales pasó – no se sabe cuál era el régimen de revelaciones de la Divinidad con la Humanidad –, en su Humanidad iba meditando poco a poco, pensando, teniendo en vista la situación del mundo, la Historia de la salvación y hasta la propia Escritura. Y la oración en el Huerto fue el ápice de ese pensamiento.

Se percibe – eso es tan santo – que hay algo de verdadero en esa hipótesis, y me agrada sobremanera meditar de esa forma.

A mí me deslumbra considerar su naturaleza humana creciendo y hasta recibiendo revelaciones de la propia Divinidad, en un régimen interno de relaciones insondable, que trasciende cualquier pensamiento. Porque Él sabía que era Hombre-Dios desde el primer instante de su Ser. Y por lo tanto, Rey, Profeta y Pontífice, conociendo esa triple vocación aun siendo niño. Es lindísimo pensar cómo todo esto se fue transformando gradualmente.

Él, con treinta y tres años, vivió todas las edades. ¡Todo cuanto se podría deducir de ese crecimiento de su pensamiento es algo fabuloso! Tengo la impresión de que la línea general de la Historia es el crecimiento de la Iglesia, hasta llegar a los últimos tiempos, a su perfección final.

Así como Nuestro Señor Jesucristo creció en gracia y santidad, hasta llegar el momento del consummatum est, la Iglesia también va creciendo.

El acontecer humano no se cifra en la mera “vidita personal”

Todas las acciones son, pues, en el fondo, juzgadas capitalmente según ese nexo.

Es decir, el Juicio Final difiere en ese punto del Juicio personal, que toma al individuo particularmente. La finalidad de aquél es juzgar a los hombres en su conjunto, creo que para hacer sensible la trama colectiva del acontecer humano, y promulgar solemnemente las puniciones individuales que, puestas en su conjunto, son una réplica en dicho acontecer.

Me da la impresión de que eso acentúa mucho la verdadera finalidad de la vida humana: el hombre nació para entrar en esa lucha y tener su papel en el marco de la misma. Si él procura apenas salvar su propia alma – abstrayendo o siendo indiferente a ese contexto –, su vida no corresponde a su fin; esto es propio del herejía blanca.

San Pablo afirma que Dios nos ha puesto a modo de espectáculo para el mundo, los ángeles y los hombres. O sea, todo el acontecer humano no se cifra en mi vidita personal, pues el Cielo está viendo esa lucha continuamente. En mi forma de ver, no hay vida espiritual bien llevada sino se comprende eso.

Hasta la excelente expresión “luchemos por la salvación de las almas”, es necesario verla con esa profundidad. Nuestro Señor actuó en su vida terrena y continúa actuando en el Cielo como Cabeza del Cuerpo Místico. Él es, fundamentalmente, el gran batallador hasta el fin del mundo.

Reversibilidad entre la lucha de los ángeles y la de los hombres

Por causa de las reversibilidades existentes en toda la creación, debemos imaginar que hay una analogía entre la lucha de los ángeles y ésta.

Los ángeles nos ayudan, los demonios nos tientan, y la misma batalla continúa. A ese título, en el día del Juicio Final se cantará la gloria de los primeros y se execrará la torpeza de los segundos, por la parte que tuvieron en lo que pasó en la Tierra.

Aquí hay una cosa para la cual nunca encontré una explicación, y que apenas enuncio colateralmente: la idea de una lucha de ángeles que no tiene nada que ver con la de la Tierra me hiere. Esas reversibilidades son, para mí, esenciales.

Sé que los ángeles no pueden crecer más en méritos y los demonios en la culpa; pero ambos hacen cosas incontables, buenas y malas respectivamente, a lo largo de este tiempo. Y como a su modo toda buena acción recibe un premio, y toda mala acción un castigo, su intervención en esta lucha ya debe haber sido premiada o punida antes.

Ellos participan en cierta medida de la gloria de los vencedores o de la vergüenza de los derrotados. A ese título, entonces, toda la Creación entra en el Juicio Final.

Más aún, en el fin del mundo creo que será lanzada al infierno toda la suciedad de la Tierra, que quedará resplandeciente, llena de orden.

Fulgor simultáneo o sucesivo del Juicio Final

Para comprender el sentimiento que los buenos tendrán en su conjunto en el Juicio Final, consideremos cualquier episodio en el cual se haga justicia. Por ejemplo, el padre o la madre que le da algún regalo al hijo bueno y castiga al otro malo.

Otro niño, que no tiene nada que ver con el hecho, asiste a la escena y se toma de una profunda solidaridad con ese acto de justicia: tiene una alegría que no es la del niño que recibió el juguete, sino una alegría en estado de néctar.

Imaginemos las dos alegrías juntas: la del individuo que se siente puesto en el orden universal, con la punición del mal y, por encima de esa, la alegría por causa de Dios, que castigó. Esta última es la mejor, el néctar.

Si el Juicio es simultáneo, en un sólo instante habrá un inmenso hosanna de todos los buenos; si es sucesivo, será un mar de deleites para los justos, viendo que en todas las cosas fueron puestos los puntos sobre las íes. Eso nos da una idea de la alegría que los buenos tendrán.

Se comprende que pueda haber en el campo ascético algún riesgo al entregarse a esas consideraciones, porque el elemento inferior fácilmente puede prevalecer sobre el superior. Pero, desde que se haga eso ordenadamente, no existe ese peligro.

El elemento inferior es legítimo y también hace parte, porque de lo contrario somos introducidos un poco en el orden de los fantasmas, de lo irreal. Necesitamos comprender que entra la realidad global, para sentirnos atraídos por entero.

Así podríamos entender el fulgor simultáneo o sucesivo del Juicio Final.

Revista Dr. Plinio No. 149, agosto de 2010,  Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de conferencias del 8.12.1982)

El Juicio Final y la trama de la Historia

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