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Esposa fidelísima del Espíritu Santo

En el paraíso, Adán y Eva vivían las sagradas nupcias selladas por el Altísimo. La concordia reinaba entre ellos, con la promesa de fecundidad y de dominio sobre la Creación (cf. Gén 1, 27-28). Creados a imagen de Dios, hombre y mujer se unían en una sola carne en estado de inocencia (cf. Gén 2, 24-25).

Redacción

En el paraíso, Adán y Eva vivían las sagradas nupcias selladas por el Altísimo. La concordia reinaba entre ellos, con la promesa de fecundidad y de dominio sobre la Creación (cf. Gén 1, 27-28). Creados a imagen de Dios, hombre y mujer se unían en una sola carne en estado de inocencia (cf. Gén 2, 24-25).

La caída original, no obstante, fracturó ese orden primevo. La culpa acarreó el litigio de la primera pareja, cuya posteridad sería engendrada en medio de dolores. Al mismo tiempo, se divorciarían del Creador, huyendo de su presencia (cf. Gén 3, 8).

El remedio para el primitivo pecado tendría que ser acorde con su gravedad: la Encarnación del Verbo de Dios. Sin embargo, esto no era suficiente. Considerando el contexto conyugal de la culpa, hacía falta que su remisión fuera dentro del seno de una familia, la única digna del adjetivo sagrada. María, ya desposada con José, fue la elegida para cooperar en el orden hipostático y redentor. Además, convenía que una virgen-madre reparara tanto la pérdida de la inocencia como la fecundidad corrompida por Eva. Finalmente, para que se restableciera el vínculo con el Creador era necesario un desposorio con Él mismo, en la Persona del Espíritu Santo, que cubriría con su sombra a la «llena de gracia» y engendraría al Hijo de Dios (cf. Lc 1, 28.35).

Como todo matrimonio, esta unión con el Paráclito es indisoluble. Así pues, Nuestra Señora fue Esposa fidelísima del Espíritu Santo no solamente con ocasión de la Encarnación, sino para siempre, incluso durante la educación de su divino Hijo y en la consumación de su Pasión redentora. Pentecostés fue como un aniversario de bodas, cuyos «fuegos artificiales» se irradiaron de Ella hacia los Apóstoles y luego hacia todo el orbe.

María será perpetuamente llamada bienaventurada por la generación y nutrición no sólo de Jesús —«Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron» (Lc 11, 27)—, sino también de la progenie espiritual que de Ella nació a lo largo de los tiempos. Por lo tanto, como Medianera universal y en unión con el «Espíritu de toda gracia», la Madre del Salvador continúa participando de la generación de hijos de Dios por el Bautismo y de su formación a través del sacramento de la Confirmación y de la infusión de los dones septiformes.

Pero en nuestros días la iniquidad se ha vuelto tan universal que parece que vivimos en una situación análoga a la de nuestros primeros padres después de su caída. De modo que la única solución para la humanidad consiste en un remedio a la manera de la Redención, así como un nuevo influjo del Espíritu Consolador: «Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Rom 5, 20).

En este sentido, muchas revelaciones privadas apuntan hacia una restauración de la sociedad, previa al fin de los tiempos, el Reino de María. En esta era de gran retorno de gracias, «los hombres», comenta Mons. João Scognamiglio Clá Dias, EP, «participarán en grado altísimo del amor que une al divino Espíritu Santo a Nuestra Señora». Y San Luis Grignion de Montfort completa: «Cosas maravillosas acontecerán en este mundo, donde el Espíritu Santo, encontrando a su Esposa como reproducida en las almas, en ellas descenderá abundantemente, colmándolas con sus dones, particularmente del don de sabiduría, a fin de obrar maravillas de gracia».

Todo esto sucederá por la perpetua y matrimonial fidelidad de María al Divino Paráclito. ◊

Editorial Heraldos del Evangelio

Esposa fidelísima del Espíritu Santo

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