Heraldos del Evangelio México

Milagros eucarísticos

Nada consuela más que la Eucaristía. Cuando tenemos alguna aflicción,
buscamos a alguien con quien conversar, si tenemos un amigo o una amiga. Si se trata de una señora, ella busca a su amiga; si se trata de un señor, él busca a su amigo para abrirse y para conversar con respecto al drama que le acomete en ese momento.

Y al poder hablar con ese amigo, la persona siente un alivio al poder expresar los sentimientos de dolor, de preocupación y de aflicción que lleva dentro de sí. Sobre todo si el amigo entiende lo que ella está diciendo.

En la Eucaristía, nosotros no tenemos a un amigo común: en la Eucaristía tenemos a un Amigo con “A” mayúscula. Es el Amigo por excelencia: Nuestro Señor Jesucristo está en la Eucaristía en cuanto deseoso de salvarnos.

Porque el hecho de Él haberse dejado como alimento, no es poca cosa. 

Pensar que Él creó al hombre de tal forma que el hombre tiene que tomar desayuno, almuerzo, merienda, comida; tiene que comer todos los días y no puede dejar de comer sino se muere. ¿Por qué creó al hombre con esta necesidad? Con vistas a, en determinado momento, dejarse Él mismo como alimento nuestro.

Los ángeles no fueron creados con base en la alimentación y, por lo tanto, los ángeles no se pueden servir de la Eucaristía. Este es un privilegio nuestro, de la Humanidad. Él se dejó a sí mismo como alimento, y Él es el Amigo que está en el tabernáculo, Él es el Amigo que va a estar en el altar, con el cual nosotros podemos conversar, abrir nuestra alma y colocarnos enteramente en sus manos.

Más aún, cuando nosotros tomamos un alimento, el alimento se transforma en nosotros. Cualquier alimento que yo tomo es digerido por el organismo y yo aprovecho ese alimento, que es útil para mi salud, útil para mi sangre, para mis músculos, para mi desarrollo físico. Por lo tanto, el alimento se transforma en mí.

Pero en la Eucaristía sucede un fenómeno muy diferente y opuesto a ese. Cuando yo tengo un vaso con un alcohol bueno y puro, y tomo una gota de esencia de primerísima categoría y la coloco en ese vaso, la gota es más pequeña que el vaso y, sin embargo, al tomar la gota de esencia y colocarla en el vaso con alcohol, el alcohol deja de ser alcohol para transformarse en perfume.

Ahora bien, cuando yo comulgo, por ser Nuestro Señor Jesucristo quien está ahí en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, en vez de yo transformarlo en mí, sucede una cosa bien opuesta: Él, Nuestro Señor Jesucristo, siendo Dios y Hombre verdadero, me asume. Quien explica eso es San Alberto Magno, San Efrén y varios otros santos: dada su substancia, siendo Él tan superior a nosotros, es Él quien nos asume y quien nos transforma, no nosotros a Él.

Por eso Él dice: “Permanece en mí y Yo en él”, porque Él es quien nos asume. ¡Qué maravilla es el que nosotros podamos comulgar y podamos frecuentar el Santísimo Sacramento!

Tal es el Santísimo Sacramento, que han sucedido milagros y más milagros a lo largo de la Historia para probar la grandeza de este milagro extraordinario.

En Lanciano, un sacerdote que va a pronunciar las palabras de la Consagración, estaba con problemas de fe: cómo es eso y cómo no es. De repente, él tiene en sus manos un pedazo de carne de Nuestro Señor Jesucristo, que existe hasta hoy. Todos los corporales que recogieron la Sangre que escurrió están todavía expuestos en una Basílica de Italia, en Orvieto.

Milagros en este continente americano, en Quito, por ejemplo, cuando los indios, en el comienzo de la colonización de Ecuador, invadieron el Monasterio de los Franciscanos y arrancaron copones llenos de hostias y se los llevaron por el monte. Bien de madrugada, cuando se despertaron, los fieles fueron atrás junto con el sacerdote y encontraron todas las hostias, que habían sido tiradas por los indios, siendo levantadas por hormigas – paradas –, las hormigas levantando las hostias. Y fue posible recoger cada hostia y recuperar todas las hostias. Las hormigas atendiendo al culto de la Eucaristía…

San Luis IX – el gran San Luis IX – Rey de Francia, estaba escribiendo en su sala de trabajo en su castillo, el Château de Vincennes, y llega corriendo asustado y alborotado un monaguillo diciendo: “¡Majestad, corra, Majestad! Porque cuando el sacerdote levantó la Hostia, ¡en las manos del sacerdote apareció el Niño Jesús!” Él se levantó, se arrodilló allí donde estaba, se reincorporó y dijo: “Mi fe no me exige que vaya hasta allá, porque estoy ocupado. Yo creo firmemente que en la Hostia está el Cuerpo, Alma, Sangre y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Vuelva para allá, que yo voy a adorarlo desde aquí.” Y continuó trabajando.

¡Cuántos milagros! Y aquí está, en el tabernáculo, Nuestro Señor Jesucristo y va a estar aquí en el altar. Cuántas veces podemos entrar en la iglesia y hacer adoración al Santísimo, cuántas veces podemos aproximarnos a la mesa eucarística.

Cuántas veces estando en casa, en nuestros quehaceres, yo puedo dirigir mi pensamiento a un lugar donde está el Santísimo Sacramento y pedirle al Santísimo Sacramento, desde donde estoy, pedirle a Él, donde Él está, la gracia de poder recibirlo espiritualmente.

Extraído de la Meditación del Primer Sábado en la Catedral da Sé, hecha por Monseñor João Clá Dias el 2/7/2005.

Milagros eucarísticos

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