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Santa Francisca Romana: discernimiento y firmeza frente a los demonios

Al considerar las impresionantes revelaciones de Santa Francisca Romana respecto a los demonios, el Dr. Plinio manifiesta su admiración por esta hija de la Iglesia, en la cual reconoce, a través de los matices de su biografía, el verdadero espíritu de la Esposa de Cristo.

Como sabemos, Santa Francisca Romana se caracterizó por haber tenido visiones extraordinarias con respecto a los demonios, y dejó revelaciones importantísimas. Tal vez ninguna santa o mística haya sobresalido tanto en la Historia de la Iglesia en lo que dice respecto a manifestaciones de los ángeles malos, como Santa Francisca Romana. Esas revelaciones se refieren a la presencia en la tierra de los demonios que todavía no fueron al infierno y serán mandados allá en el fin del mundo. Aunque no tientan directamente al hombre hacia el pecado, predisponen el alma a aceptar la tentación de los demonios que están en el infierno. Creo que en el proceso de canonización de ella deben figurar muchas cosas de esas.

Los espíritus malignos y sus relaciones con los vicios

Así narra una ficha extraída de la obra del Padre Rohrbacher:

9 de marzo, Santa Francisca Romana. Visión sobre los demonios.

La tercera parte de los ángeles cayó en el pecado, las otras dos partes perseveraron en la gracia. En la parte decaída, un tercio está en el infierno para atormentar a los condenados; son los que siguieron a Lucifer con entera libertad por su propia malicia. No salen del abismo a no ser con permiso de Dios y cuando se trata de producir una gran calamidad para castigar los pecados de los hombres, y son los peores entre los demonios.

Los otros dos tercios de los ángeles caídos están esparcidos en los aires y sobre la tierra: son los que no tomaron partido entre Dios y Lucifer, sino que guardaron silencio. Los que están en los aires provocan frecuentemente heladas, tempestades, ruidos y vientos, con los cuales debilitan a las almas apegadas a la materia, las conducen a la inconstancia y al temor, las inducen a desfallecer en la fe y a dudar de la Providencia divina.

Con respecto a los demonios que circulan entre nosotros a fin de tentarnos, son decaídos del último coro de los ángeles, y los ángeles fieles que nos son dados como guardianes son todos del mismo coro. El príncipe y jefe de todos los demonios es Lucifer, ligado al fondo del abismo, encargado por la Justicia divina de castigar a los demonios y a los condenados. Al caer del más elevado de los coros angélicos, los serafines, se convirtió en el peor de los demonios y condenados. Su vicio característico es el orgullo. Debajo de él están otros tres príncipes: el primero, Asmodeo, tiene como característica el vicio de la carne y fue el jefe de los querubines. El segundo es llamado Mammón, lo caracteriza el vicio de la avaricia y fue del coro de los tronos. El tercero, llamado Belcebú, fue de los coros de las dominaciones, se caracteriza por la idolatría, el sortilegio y los encantamientos; es el jefe de todo lo que existe de tenebroso y tiene la misión de difundir las tinieblas sobre las creaturas racionales (ROHRBACHER, René François. Histoire universelle de l´Église Catholique. Vol. XXI. París: Gaume Frères et J. Duprey – Libraires-éditeurs, 1858, p. 459-460).

Resumiendo, ella muestra que Lucifer era un Serafín que sobrevolaba en lo más alto de los cielos, y su pecado fue de una gran responsabilidad, porque los serafines constituyen el coro más elevado de los ángeles. Por haber sido el mayor de los rebeldes, fue precipitado a lo más profundo de los infiernos. Hubo ángeles que resolvieron acompañarlo por su propia iniciativa y están en el infierno con él; Lucifer los atormenta continuamente porque es más poderoso que los otros y está encargado por la Justicia divina de castigar eternamente a los espíritus que él mismo indujo, pero que fueron juntos a la perdición por su propia maldad.

Bajo la dirección de Lucifer hay tres ángeles principales. El primero es Asmodeo, el demonio de la lujuria y que tienta a los hombres especialmente a la impureza. El otro ángel es Mammón, que pertenecía al coro de los tronos, es decir, a la categoría de los ángeles que acompañan la Historia y sus armonías, se maravillan viendo a Dios componer la trama histórica por sus decretos y encaminar la Historia de los ángeles y del mundo; Mammón es el demonio de la avaricia. Y Belcebú, el demonio de la idolatría, de los sortilegios y de los encantamientos, es decir, de los embrujos.

Lucifer tiene como característica el orgullo. Asmodeo, el vicio de la carne; era el jefe de los Querubines. Mammón, la avaricia. Y Belcebú es el jefe de las idolatrías y de las obras tenebrosas en general.

Las diferentes categorías de demonios

Vemos que los dos ángeles rebeldes principales son, en primer lugar, Lucifer, y después Asmodeo, los demonios del orgullo y de la sensualidad. Eso está de acuerdo con nuestra concepción de que el orgullo y la sensualidad son los elementos que le dan el rumbo a la Revolución. Los ángeles malos están en el infierno y sólo raramente Dios permite que alguno de ellos salga para producir catástrofes. Pero me da la impresión de que en la época actual la llave del pozo del abismo se cayó y el infierno se abrió, y esos ángeles pésimos están todos  esparcidos por ahí, y de que la presencia de Lucifer es más asidua, más continua, más fuerte que en cualquier otra época de la Historia, incluso que en la crucifixión de Nuestro Señor Jesucristo.

También existen otros ángeles, que quisieron representar el papel de “tercera fuerza” entre Dios y Lucifer. Es decir, no se solidarizaron con Dios, ni tampoco se solidarizaron directamente con Lucifer; se quedaron en una posición como que neutra, naturalmente con simpatía por Satanás.

Como resultado, ellos también se condenaron. La Justicia divina hizo su condenación de cierto modo un poco menos terrible, porque en vez de estar sufriendo el fuego del infierno se quedaron en la tierra, en los aires, padeciendo penas terribles. Pero cuando llegue el Juicio Final serán precipitados al infierno y van a sufrir allá por toda la eternidad. De tal manera que están por fuera del infierno por un corto lapso de tiempo, porque el período que va desde el pecado de ellos hasta el día del Juicio Final es muy pequeño, menos que un minuto, en comparación con la eternidad, en la cual serán atormentados en el infierno.

Esos ángeles malos se dividen en dos categorías: los que se encuentran esparcidos por los aires y producen las intemperies, las cosas que asustan a las personas, y otros que permanecen en la tierra y son del mismo coro de nuestros ángeles de la guarda.

La batalla entre los espíritus angélicos

Por lo tanto, hay una batalla entre los ángeles de la guarda y los ángeles perdidos, en la cual naturalmente el predominio es de los ángeles de la guarda sobre las almas que se entregan a ellos.

Hubo una santa que tuvo la visión de su ángel de la guarda, que pertenece a la menos alta de las jerarquías angélicas. Ella se arrodilló, pensando que fuese Dios. Tal es el esplendor del ángel de la guarda. ¡Podemos hacernos una idea de cuál es la sublimidad de un arcángel, por ejemplo!

Aquí tenemos una lección muy importante: comprender cómo el hombre es pequeño dentro de la naturaleza material, con relación a la cual él podría ser comparado a una hormiga. Y por encima de esa naturaleza existen aún espíritus angélicos con una fuerza y un poder incomparablemente superior al de los seres humanos.

Frente a esa batalla de los ángeles que se continúa realizando por toda parte; ángeles buenos que descienden del cielo y ángeles malos que se mezclan en medio de los hombres, ¿cuál es el gran medio de defensa que tenemos contra los demonios?

Aquí se aplican las palabras de Nuestro Señor: “Es necesario vigilar y orar para no caer en tentación.”2 La vigilancia consiste en creer en los poderes angélicos y en la acción de los demonios.

Por ejemplo, supongo que normalmente, durante las exposiciones que hago, los asistentes reciben muchas gracias recibidas por medio de sus ángeles. También creo que uno u otro de los aquí presentes es sistemáticamente tentado por el demonio. Es decir, mientras estamos hablando, hay una batalla entre ángeles y demonios.

Hace parte del dinamismo de las cosas que haya personas que se dan a Nuestro Señor más y otras menos. Y debemos tener siempre en vista el principio aceptado por la mayoría de los teólogos, según el cual todas las veces que un hombre tiene una tentación por una causa natural, el demonio se junta a esta última para agravar la tentación.

Si por ejemplo, uno de los presentes está irritado con un compañero que se encuentra a su lado y se queda perturbado con eso, esa pequeña tentación de irritación crecerá por una provocación del demonio para agravarla. Es decir, el demonio siempre está actuando y los ángeles de la guarda siempre están protegiéndonos. Debemos discernir la acción del demonio y pedir la del ángel de la guarda. Necesitamos rezar y vigilar. Eso de deduce de las revelaciones de Santa Francisca Romana.

Una hija de la Iglesia consciente de su misión y del poder divino

Ella poseía un discernimiento fantástico con respecto a los espíritus malignos y veía demonios frecuentemente. Al tomar conocimiento de su historia me da la impresión de haberla conocido personalmente, porque no la considero como una anciana cualquiera que tenía visiones, sino como una hija de la Iglesia dotada de determinadas características que, conociendo el espíritu de la Esposa de Cristo, le sé atribuir a ella a través de los matices de su biografía. La considero como una matrona romana firme, digna, y que no veía al demonio propiamente de un modo amenazador, sino con firmeza, de frente, consciente de su misión y del poder de Dios, enfrentando, describiendo e intimidando. Ella consideraba lo que esas visiones tenían – por así decir – de divino y amaba al Creador a través de ellas.

Por esa razón, Santa Francisca Romana me llena de admiración. Y tengo la certeza de que, estudiando el proceso de su canonización, encontraremos la confirmación de lo que afirmé.

(Extraído de conferencias del Dr. Plinio Corrêa de Oliveira del 8.1.65, 8.3.69 y 9.3.80)

Santa Francisca Romana: discernimiento y firmeza frente a los demonios

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