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Ojalá cada familia comprenda el altísimo papel que está llamada a desempeñar, como una pequeñita «Iglesia», en este mundo paganizado.
Si la Iglesia y la Eucaristía son una realidad indivisible, lo mismo debe afirmarse de María y la Eucaristía.
¡Qué rara es la virtud de la gratitud! A menudo se practica con meras palabras, por educación. Sin embargo, para que sea auténtica, debe rebosar del corazón con sinceridad.
Devoción impregnada de afecto filial hacia la Reina del Cielo, consagrada por la piedad popular y acrisolada por siglos de lucha en el seno de la cristiandad, el Pequeño Oficio canta uno de los títulos más excelsos de la Madre de Dios: su Inmaculada Concepción.
El Doctor Angélico esclarece, a la luz de las Escrituras y de la doctrina de los Santos Padres, una cuestión de innegable interés: la blasfemia contra el Espíritu Santo, pecado que el Señor misteriosamente caracterizó como «imperdonable».
Por voluntad de Dios, el divino Redentor nunca podría haber dicho en la Última Cena «tomad y comed, esto es mi cuerpo», si no lo hubiera recibido de la Virgen María, su Madre.
En tiempos especialmente revueltos, algunos fueron capaces de desafiar a la muerte para defender el Templo y purificar el altar. Y nosotros, teniendo siempre a nuestra disposición en las iglesias al Santísimo Sacramento… ¿cómo actuamos?
«¡Que mi hijo reciba el bautismo cuando él quiera!». No es raro encontrar esta opinión entre familias de raíces «católicas»…
De las castas nupcias entre la fe y la razón procede la sabiduría, que no es más que una participación en el propio conocimiento de Dios.
En esta vida siempre tenemos algo nuevo que aprender sobre la doctrina católica. Por encima de las preocupaciones cotidianas, nuestra atención y nuestro corazón deben aplicarse en empaparnos de ella.