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En este Evangelio, lo que más impresiona, evidentemente, es el milagro de la multiplicación de los panes. No obstante, también pueden contemplarse otras maravillas en las palabras y gestos de Nuestro Señor Jesucristo.
Al obedecer la voz del Maestro, los discípulos se encuentran con una terrible tormenta. Todo va de mal en peor… ¿Por qué Dios lo permite?
¿Acaso Jesús rechazaría por primera vez la súplica de un alma angustiada? ¿Actuaría con favoritismo al discriminar a una pagana?
Jesús nos invita a seguirlo por el camino del Calvario. ¿Cómo llevar este propósito a buen término? Dos puntos son fundamentales.
El pontificado, conferido a Pedro, está dotado de tal autoridad y de tantos dones que quizá aún no se hayan manifestado plenamente en toda la fuerza de su ministerio.
No había peligro de que se alejara mientras sus cuidadores compraban en unas casas cercanas provisiones para el viaje que estaban realizando.1
«Cuando falta la profecía, el pueblo se corrompe» (Prov 29, 18, Vulg.). Entonces, ¿le falta la profecía a un mundo tan corrompido como el actual?
Si endémica resulta la farsa a lo largo de la historia, no menos universal parece la aversión hacia ella. Célebre es la sentencia de San Agustín:
Isaías iluminó la historia del pueblo hebreo, enriqueció las Escrituras con sus magníficas profecías y, más aún, proclamó con su propia vida las glorias del Mesías y de la Iglesia.
¿Qué significa participar de la función profética de Cristo? Siguiendo el ejemplo de los antiguos profetas y el modelo supremo del divino Redentor, el laico ejerce dicha función en dos aspectos complementarios.