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La parábola de los obreros revela la infinita misericordia divina que invita a todos, en cualquier momento, a trabajar en la viña del Señor.
Sublime vocación que la Providencia hace sentir claramente en lo más hondo del alma, la víctima expiatoria, siguiendo el ejemplo de Nuestro Señor, entrega voluntariamente su propia vida para sufrir por la causa de Dios y por el bien de las almas.
Dios trata a cada uno de nosotros de manera individualizada. ¡Hagamos lo mismo!
¿Cómo no admirar la generosidad, la fortaleza y la caridad de esas almas? Aferradas a la fe cristiana, afrontaron suplicios físicos y morales, obteniendo, en un instante, la vida y la felicidad eternas.
En la gloriosa corona de santidad con la que Cristo adornó a su Esposa Mística, sobresale un inconfundible rubí:¡la sangre de los mártires!
Durante cierto período de su adolescencia, Plinio aprovechaba el trayecto de vuelta del colegio para visitar la iglesia de Santa Cecilia, cuyo ambiente —en particular, las representaciones de los mártires— le proporcionaba una especial comunicación con lo sobrenatural.
El 6 de agosto de 1875, osaron asesinar a una promesa de Dios. Pero ésta triunfó, proclamando que es inmortal el Dios de las promesas.
En la fidelidad eximia a su vocación, la «pequeña flor» del Carmelo brilló por la virtud de la fortaleza como un guerrero en el campo de batalla o un San Lorenzo ardiendo en la parrilla.
Nuestro Señor Jesucristo, culmen de la virtud y de la santidad, y San Pablo, notable ejemplo de intrepidez e integridad.
La historia, maestra de la vida, escribe sus lecciones no sólo en los grandes cuadros de la cronología. Las más valiosas, quizá, las esboza en los pequeños testimonios de lo cotidiano, tantas veces banales para el tiempo presente.