Sublime vocación que la Providencia hace sentir claramente en lo más hondo del alma, la víctima expiatoria, siguiendo el ejemplo de Nuestro Señor, entrega voluntariamente su propia vida para sufrir por la causa de Dios y por el bien de las almas.
¿Cómo no admirar la generosidad, la fortaleza y la caridad de esas almas? Aferradas a la fe cristiana, afrontaron suplicios físicos y morales, obteniendo, en un instante, la vida y la felicidad eternas.
Durante cierto período de su adolescencia, Plinio aprovechaba el trayecto de vuelta del colegio para visitar la iglesia de Santa Cecilia, cuyo ambiente —en particular, las representaciones de los mártires— le proporcionaba una especial comunicación con lo sobrenatural.
En la fidelidad eximia a su vocación, la «pequeña flor» del Carmelo brilló por la virtud de la fortaleza como un guerrero en el campo de batalla o un San Lorenzo ardiendo en la parrilla.
La historia, maestra de la vida, escribe sus lecciones no sólo en los grandes cuadros de la cronología. Las más valiosas, quizá, las esboza en los pequeños testimonios de lo cotidiano, tantas veces banales para el tiempo presente.