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Jesús nos invita a seguirlo por el camino del Calvario. ¿Cómo llevar este propósito a buen término? Dos puntos son fundamentales.
El pontificado, conferido a Pedro, está dotado de tal autoridad y de tantos dones que quizá aún no se hayan manifestado plenamente en toda la fuerza de su ministerio.
No había peligro de que se alejara mientras sus cuidadores compraban en unas casas cercanas provisiones para el viaje que estaban realizando.1
«Cuando falta la profecía, el pueblo se corrompe» (Prov 29, 18, Vulg.). Entonces, ¿le falta la profecía a un mundo tan corrompido como el actual?
Si endémica resulta la farsa a lo largo de la historia, no menos universal parece la aversión hacia ella. Célebre es la sentencia de San Agustín:
Isaías iluminó la historia del pueblo hebreo, enriqueció las Escrituras con sus magníficas profecías y, más aún, proclamó con su propia vida las glorias del Mesías y de la Iglesia.
¿Qué significa participar de la función profética de Cristo? Siguiendo el ejemplo de los antiguos profetas y el modelo supremo del divino Redentor, el laico ejerce dicha función en dos aspectos complementarios.
Un paradigma en la historia de la humanidad y de la Iglesia, cuya trayectoria espiritual, íntimamente ligada a la temporal, nos lega una preciosa lección para nuestra vida moderna.
Desde banderas nacionales hasta logotipos de empresas multinacionales, los vestigios del olvidado arte de la heráldica impregnan nuestra vida cotidiana.
He aquí la cruel realidad con la que nos encontramos en tantas ocasiones: nuestro aparente fracaso en las batallas de la vida espiritual. Pero ¿habrá algún medio de aprovecharlo?