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Los dos preceptos que resumen el decálogo contienen la plenitud de la ley evangélica. Quien los practique al extremo será verdadero amigo de Dios y con Él gozará por toda la eternidad.
Amistad: una palabra poco comprendida en nuestros días, pero cuán real es al expresar la íntima unión que Dios desea establecer con nosotros.
Jesús nos ofrece un tesoro que, guardado en el corazón, transforma nuestra existencia y anticipa las alegrías del Reino de los Cielos.
El verdadero trigo no se deja vencer por la cizaña; la enfrenta con paciencia hasta el final. He ahí el momento de proceder a la separación definitiva.
Impregnado de mediocridad y materialismo, el mundo actual necesita recuperar el sentido de la verdadera amistad, fundada en la caridad, así como su valor en las relaciones humanas.
Las malas amistades son uno de los peores obstáculos para nuestra salvación. Pero ¿cómo distinguir a los malos amigos? ¿Cómo evitar dejarnos influir por ellos?
Las amistades siempre tienen repercusión ante la Providencia y en la historia, por insignificantes que parezcan a nuestros propios ojos. Así lo demuestran diversos ejemplos que han iluminado las páginas del Antiguo Testamento.
Santo Tomás nos ofrece una valiosa lección: el amor a los amigos, cuando se limita a la mera camaradería, carece de mérito sobrenatural.
El respeto, la bondad y el altruismo parecen estar cada vez más ausentes de las relaciones humanas. En consecuencia, la alegría de la convivencia se va haciendo escasa… ¿Qué podría devolverle a la sociedad la dulzura de vivir?
En la Francia de antaño, la pulidez no era una costumbre artificial ni pretenciosa, sino la traducción del respeto, la elegancia y la benevolencia a los pequeños detalles de la vida cotidiana. De ese trato ameno no se excluía, sin embargo, una buena dosis de ingenio.