Como dijo el papa Juan Pablo II, hoy la llamada a la conversión se pone en tela de juicio o pasa en silencio. Se ve en ella un acto de «proselitismo»; se dice que basta ayudar a los hombres a ser más hombres o más fieles a la propia religión. Pero se olvida que toda persona tiene el derecho a escuchar la Buena Nueva de Cristo.