El Sacramento del Altar podría llamarse el «Sacramento de la Virgen», pues la Eucaristía nos llegó por María, y por Ella nos dirigimos a la Eucaristía.
Si las ovejas se desaniman, el Señor no deja de favorecerlas, sobre todo enviando buenos pastores; a ellas corresponde participar en el sacerdocio de Cristo mediante la generosidad de seguirlo.
Dios Creador se tornó prisionero, el Todopoderoso se hizo delicado y vulnerable… ¿A qué no se sometió por nuestro amor? Vosotros, que lo amáis, defendedlo y si fuere necesario ¡rescatadlo!
La Eucaristía es, ante todo, una demostración del amor de Dios para con nosotros. Ha querido darse a nosotros plenamente para que podamos obtener más de lo que nuestros primeros padres poseían en el paraíso, con vistas a la bienaventuranza eterna.
Tanto anhelamos la felicidad eterna y tanto gemimos en este valle de lágrimas, que nos olvidamos del lugar donde el Cielo —el Cielo de los Cielos, que es Dios— está prisionero en la tierra: el sagrario.
Más vale prevenir que curar», reza el proverbio. Ya sea en el ámbito de la medicina, ya en el de la seguridad, la prevención se considera la mejor forma de evitar enfermedades e incidentes.
No hay Eucaristía sin sacerdocio, ni verdadero sacerdocio sin Eucaristía, pues no hay sacrificio sin alguien que pueda ofrecerlo, ni oferente sin víctima inmolada.
¡Cuánta gratitud profesará el sacerdote a la Santísima Virgen, de quien todo lo recibe! ¿Cómo corresponder a aquella que considera a los sacerdotes sus hijos de predilección, por ver en ellos la imagen de su divino Hijo?