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En la fidelidad eximia a su vocación, la «pequeña flor» del Carmelo brilló por la virtud de la fortaleza como un guerrero en el campo de batalla o un San Lorenzo ardiendo en la parrilla.
Nuestro Señor Jesucristo, culmen de la virtud y de la santidad, y San Pablo, notable ejemplo de intrepidez e integridad.
La historia, maestra de la vida, escribe sus lecciones no sólo en los grandes cuadros de la cronología. Las más valiosas, quizá, las esboza en los pequeños testimonios de lo cotidiano, tantas veces banales para el tiempo presente.
¿qué virtudes estarían más directamente implicadas en el acto del martirio? Santo Tomás aborda este tema en la Suma Teológica, II-II, q. 124, a lo largo de cinco artículos.
El epitafio grabado en su tumba —«Esclavo de los esclavos»— nos recuerda no sólo quién fue, sino, sobre todo, cuál es el mejor medio de hacerse grande ante Dios: convertirse en esclavo de los demás por la caridad.
Durante siglos, Judea, territorio dominado por el Imperio romano, guardó un profundo secreto: el paradero de la cruz de Cristo.
Amada, bella, excelsa, gota del mar, estrella… Tales son las posibles interpretaciones del nombre «María». ¿Será casualidad que este nombre se le haya dado a la Madre de Dios?
Para María, su verdugo fue el mismo amor ardiente que sentía por el Salvador.
Los hombres carnales tienen la mente presa en consideraciones terrenales, de techo bajo. Los hombres espirituales, sin embargo, se dejan atraer por el Padre y por la fascinación de la sagrada Eucaristía; por eso vuelan en horizontes grandiosos, como águilas de la fe.
No es raro que en los momentos más críticos, al igual que una ráfaga de viento rompe las nubes y deja ver la estrella que guiará al navegante hasta el puerto, el Señor envíe la inspiración sobrenatural que ha de hacer de un alma la salvación de su pueblo.