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Debemos aprender a comprender cada vez más la sagrada liturgia en toda su esencia, desarrollar una viva familiaridad con ella, de forma que llegue a ser el alma de nuestra vida diaria.
Mediante el don de la gracia, el hombre entra en una nueva vida, es introducido en la realidad sobrenatural de la misma vida divina y llega a ser santuario del Espíritu Santo, templo vivo de Dios. Por el Espíritu Santo, el Padre y el Hijo vienen al hombre y ponen en él su morada.
Asociada plenamente a la victoria de Jesucristo sobre el pecado y la muerte, la Virgen Inmaculada está en el centro de la Iglesia. Que María nos ayude a ver que hay una luz más allá de la capa de niebla que parece envolver la realidad.
Ella se compadece de los hombres desorientados y les obtiene un auxilio, una luz interior, un discernimiento especial… María Santísima siempre tiene una palabra que transmitir en los momentos de duda y aprensión.
En el peligro, un águila audaz; en el apostolado, un celoso pastor; en el tribunal, una prudente serpiente; en el tormento, un sereno cordero; en el cadalso, ¡un león indómito!
Nacida de nobilísimo linaje real, Madame Luisa se hizo esposa de Cristo, convirtiéndose así en una princesa de magnificencia superior.
Cerca de cuatro mil años nos separan del patriarca Abrahán. No obstante, como ocurre con las almas justas, su memoria perdura a través de los siglos y constituye un ejemplo de fe y de entrega incondicional a los planes de Dios para todos los tiempos.
El contraste entre las aclamaciones del Domingo de Ramos y los gritos de condena unos días después nos recuerda que la superficialidad no puede arraigar en nuestras almas.
La experiencia diaria nos muestra que a una esposa cristiana corresponde de ordinario una familia en la que permanece vivo el amor a Dios, la práctica de la vida sacramental y del amor del prójimo. La alegría de la vida de familia depende en gran medida de la madre quien, con su generosidad, suaviza asperezas y tensiones.
Con razón, afirma San Bernardo: «Al venir a Ella el Espíritu Santo, la colmó de gracia para sí misma; al inundarla de nuevo el mismo Espíritu, Ella se hizo superabundante y rebosante de gracia también para nosotros».