¿Sabías cómo surgieron los sagrarios?

El amor del divino Maestro por sus discípulos es tan insondable que quiso estar presente no sólo en la santa misa o en los sagrarios del mundo entero, sino también en los tabernáculos de las almas de los fieles
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Tal es el amor de la Iglesia por Jesucristo que, habiendo subido el Esposo a los Cielos, ella no se contentó con reencontrarlo en la santa misa, sino que quiso adorarlo todos los días y en todos los lugares. Los sagrarios surgieron para saciar ese deseo. El Dios que los Cielos no pudieron contener habría de habitar también en la tierra.

Junto a esta razón primordial, hubo otros graves motivos, entre ellos, los gemidos de los moribundos. El Concilio de Nicea (325) prescribía que los agonizantes no debían verse privados del viático eucarístico. Pero ¿cómo llevarles ese consuelo espiritual si no se conservaban las hostias consagradas?

Una respuesta más concreta al respecto la encontramos en las Constituciones Apostólicas. En ellas se instruye a los diáconos para que depositen las santas partículas en lo que los latinos llamaban secretarium o sacrarium —de ahí la palabra sagrario—, que se cerraba bajo llave y era custodiado por ministros consagrados.

Esta costumbre se mantuvo hasta el siglo ix. Surgieron entonces variaciones en cuanto a la forma y a la ubicación del sagrario. En algunos templos, se colocó detrás del altar, con el nombre de propiciatorio; en otras iglesias, la sacristía tuvo el honor de hospedar al Rey de los Cielos. Especialmente en las grandes catedrales góticas o renacentistas, el tabernáculo se adornaba con murales policromados y con estatuaria. A partir del siglo xvi, pasó a ser visible sobre el altar mayor. Y todavía existe la costumbre de conservarlo en una capilla lateral.

El amor del divino Maestro por sus discípulos es tan insondable que quiso estar presente no sólo en la santa misa o en los sagrarios del mundo entero, sino también en los tabernáculos de las almas de los fieles. ◊

 

… quiénes fueron los primeros occidentales que entraron en la Ciudad Prohibida?

China: un reino de sueños, rodeado de murallas tan imponentes que permanecieron prácticamente infranqueables hasta finales del siglo xvi. Sin embargo, no hubo lugar en la tierra, por inhóspito que fuera, donde no resonara el dulce timbre de la voz de Cristo.

Para el entonces llamado Imperio del Medio, el Verbo de Dios se sirvió de un instrumento para manifestarse: el P. Matteo Ricci, misionero de la Compañía de Jesús.

P. Mateo Ricci – Iglesia del Gesù, Roma

Su anhelo era convertir a toda la nación, pero para ello necesitaba llegar hasta la cabeza. El emperador Wanli vivía en la Ciudad Prohibida, la morada del «hijo del cielo». Uniendo la astucia de la serpiente a la inocencia de la paloma, el sacerdote jesuita le ofreció al monarca dieciséis regalos, entre ellos un clavicordio, para que la música penetrara donde las palabras no llegaban; un reloj, para despertar la curiosidad; y un cuadro de Nuestro Señor, con el fin de que el «hijo del cielo» conociera al Hijo de Dios.

Los obsequios causaron gran asombro en la corte. Y, para satisfacer las demandas de los orientales, los misioneros fueron convocados a la Ciudad Prohibida, donde finalmente entraron los primeros occidentales en 1601. Los jesuitas, respondiendo a los anhelos científicos y musicales de los chinos, les enseñaron al mismo tiempo la superior sabiduría de la fe, al hacer resonar el precepto evangélico: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos» (Mt 28, 19). Y no hay murallas ni prohibiciones que puedan detener estas palabras… ◊

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