El legado de San José

La honra de esta humilde vara, testigo tácito de elevados misterios, supera con creces el brillo de los más ricos cetros del mundo.
¿Por qué y cómo confesarse?

La cantidad o la gravedad de los pecados, la vergüenza o la pereza, nada puede servir de pretexto para que hagamos mal uso o nos alejemos de este sacramento de curación y de salvación.
El sacramento de la confesión – ¿Jesucristo instituyó la confesión?

Nuestro Señor quiso dejarnos un medio para recurrir continuamente a su perdón y estar moralmente seguros de recibirlo.
La paternidad de San José prefigurada en el Antiguo Testamento – San José, ¡el padre perfecto!

¡Cuánto consuelo tuvo el divino Infante cuando descansó por primera vez en el regazo varonil y paternal de San José! Desde la eternidad, había sido preparado para ser la representación de Dios Padre ante el Hijo que se había encarnado.
La espada del espíritu y el escudo de la fe

El amor y el odio se acompañan como la luz y la sombra. Quien adora al Señor combate la idolatría; quien ama la virtud odia el pecado; quien da culto a Dios y a los santos detesta al demonio y a sus agentes.
Cuando me distraigo, ¿mi oración pierde su valor?

Las distracciones voluntarias nos hacen perder los frutos de nuestras oraciones y alejan nuestra mente de Dios; pero no ocurre lo mismo con las distracciones involuntarias
¿A quién nos dirigimos cuando rezamos?

Nuestro Dios es el Dios personal, trascendente, omnipotente, infinitamente perfecto, único en la trinidad de las personas y trino en la unidad de la esencia divina, Creador del universo, Señor, Rey y último fin de la historia del mundo, el cual no admite, ni puede admitir, otras divinidades junto a sí.
Sobre la piedra que es Pedro

Cada legítimo sumo pontífice perpetúa el mismo primado de Cefas. En cierto modo, también reciben del Maestro la mirada que, además de convocarlos para el cargo, los invita a reafirmarse en su amor.
La Paz de Cristo y la paz del mundo

Dios, nuestro Señor, dijo: «La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo». ¿Qué paz es la que Cristo nos concede y que el mundo no nos la puede ofrecer?
¡¿Yo también tengo que convertirme?!

Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino: «No he venido a llamar a justos sino a pecadores» (Mc 2, 17). Les invita a la conversión, sin la cual no se puede entrar en el Reino, pero les muestra de palabra y con hechos la misericordia sin límites de su Padre hacia ellos y la inmensa «alegría en el Cielo por un solo pecador que se convierta» (Lc 15, 7). La prueba suprema de este amor será el sacrificio de su propia vida «para remisión de los pecados» (Mt 26, 28).