¿Sabías … cómo surgió la costumbre de usar velas en la misa?

Quien profesara la fe en Nuestro Señor Jesucristo podía ser arrojado a las fieras en las arenas, quemado vivo en los jardines imperiales, asesinado en las calles o crucificado para diversión del populacho.
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En el año 64 se desató la primera gran persecución contra los cristianos. Quien profesara la fe en Nuestro Señor Jesucristo podía ser arrojado a las fieras en las arenas, quemado vivo en los jardines imperiales, asesinado en las calles o crucificado para diversión del populacho.

La Iglesia hubo entonces de refugiarse en las entrañas de la tierra, en catacumbas excavadas para albergar cadáveres y todo cuanto debía ocultarse de la luz del día. Al fin y al cabo, eran los únicos lugares relativamente seguros donde los fieles podían dar sepultura a los mártires y reunirse para orar. En aquellos tenebrosos subterráneos, los católicos asistían a la renovación del santo sacrificio iluminados por lámparas de aceite y velas de cera.

Estas luces solían colocarse en el suelo, a los pies del altar; una práctica litúrgica que probablemente se mantuvo durante toda la Alta Edad Media, hasta que, en la primera mitad del siglo xi, los candelabros empezaron a colocarse sobre la propia mesa sagrada. Todavía hoy se prescribe que al menos dos velas iluminen el altar durante la misa, y pueden llegar a siete si el celebrante es el obispo diocesano (cf. Instrucción general del Misal Romano, n.º 117).

Además de simbolizar a Cristo, Luz del mundo, y el fuego de la caridad que Él enciende en nosotros por su gracia, las llamas nos recuerdan que la Santa Iglesia vio sus albores bajo tierra, entre los cuerpos de los mártires y el ardor de la fe de los católicos perseguidos. ◊

 

… que, antes de su descubrimiento, Brasil ya estaba dedicado a María?

Corría el año 1494. El Tratado de Tordesillas dividía el orbe —tanto el ya descubierto como el aún por descubrir— en dos partes, asignando a Portugal y a España determinadas zonas de exploración y dando comienzo no sólo a la conquista, sino también a la evangelización del Nuevo Mundo.

En noviembre de 1499, el experimentado navegante Vicente Yáñez Pinzón —quien años antes había comandado la carabela la Niña en la primera expedición de Colón (1492)— zarpaba de España al mando de una flota de cuatro naves. Aquella audaz travesía rumbo al sur alcanzó por primera vez las costas de América Meridional.

Tras afrontar una fuerte tempestad, el 26 de enero de 1500 Pinzón arribó a un punto de la costa nordeste de Brasil — que los historiadores identifican con el cabo de Santo Agostinho, en Pernambuco, o con la punta de Mucuripe, en Ceará—, al que dio el nombre de Santa María de la Consolación. En cualquier caso, consciente de que esas tierras quedaban fuera del dominio español según la división establecida en Tordesillas, la flota puso rumbo al norte y pasó por el estuario del río Amazonas —al que Pinzón llamó Santa María de la Mar Dulce—, hasta alcanzar el extremo septentrional de la costa brasileña, junto a la desembocadura del río Oiapoque. Más tarde, la expedición partió hacia el Caribe.

Amanecer en el delta del río Amazonas

Aunque la historiografía oficial reserva el título de descubridor de Brasil a Pedro Álvares Cabral, cuya armada arribó a la costa de Bahía el 22 de abril de 1500, la hazaña de Pinzón sigue constituyendo un capítulo fascinante de la historia. Sea como fuere, lo cierto es que el país siempre ha estado bajo la mirada maternal de la Santísima Virgen María. 

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